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lunes, 6 de abril de 2009

CHANO LOBATO (Obituario)



Publico el texto que me envia mi amigo y hermano Alfredo Grimaldos, con motivo del fallecimiento de uno de los grandes cantaores flamenco.
CHANO LOBATO (Obituario)
Chano Lobato pertenecía a los que algunos flamencos llaman “la otra Generación del 27”, la de los cantaores que nacieron el año que sirvió de referencia para bautizar a toda una generación de poetas. Otro ilustre representante de esa hornada de grandes artistas flamencos era Manuel Soto “Sordera”.
Hasta hace poco más de un año, Chano había seguido actuando, con una frecuencia inusitada para su edad. El escenario y el contacto con el público le mantenían joven. Sus chascarrillos sobre las tablas eran complemento inevitable del cante de este gaditano de pura cepa. “Tengo más azúcar que una confitería”, decía con guasa, refiriéndose a la diabetes que padecía. Durante la última década, antes de cada actuación tenía que inyectarse insulina, después se comía una manzana, sin parar de relatar viejas historias de los flamencos de su tierra, y enseguida subía al escenario, donde se crecía de forma sorprendente.
Era un artista total, con una capacidad de comunicación cautivadora. Durante la Semana Flamenca de Alcobendas de 2007, una de las últimas veces que pudimos disfrutar de su cante en directo, nos decía: “Sigo más fresco que una lechuga y cantando mejor que en toda mi vida. Desde hace veinte años me he venido arriba como nunca lo habría esperado”.
Efectivamente, a Chano le llegó el éxito popular cuando ya tenía casi 60 años. “Comparado con las fatigas que he pasado, ahora tengo más dinero que Gardel”, decía. Antes de triunfar ante el gran público había pasado toda una vida cantando para baile, faceta en la que estaba reconocido como el número uno.
Juan Ramírez Sarabia –verdadero nombre del cantaor- nació en la castiza calle de la Botica, en pleno barrio gaditano de Santa María. El apelativo artístico con el que se hizo popular lo heredó de su padre, Sebastián (Chano) Ramírez Lobato. Respiró el flamenco desde niño y muy pronto decidió ser artista. Empezó actuando “al plato”, y aseguraba que así se doctoró en psicología. “Yo tenía el cante en las tripas, pero fue la necesidad la que me obligó a hacerme profesional”, recordaba. “Mi madre se quedó viuda cuando yo era un chiquillo. Yo era el mayor de los hermanos y tenía otros cuatro detrás, así que me tuve que tirar al ruedo”.
Allí en Cádiz, comenzó su trayectoria profesional sufriendo las penalidades de rigor y la “guasa” de los señoritos, en los tablaos de la ciudad y en la venta La Palma, donde también se buscaban la vida personajes flamencos como Aurelio Sellés o Antonio El Herrero. “Había que ver el hambre que pasábamos”, aseguraba. “Los artistas siempre muy arreglaos, mucha brillantina en el pelo, la corbata muy tiesa, la camisa bien ‘planchá’… y ‘desmayaítos’. El día que no salía juerga, no se comía”.
En cuanto pudo, se trasladó a Madrid, donde trabajó en los tablaos El Duende y el Arco de Cuchilleros, antes de empezar a recorrer el mundo con la compañía de Manuela Vargas y, después, cantándole a Antonio. Estuvo numerosas veces en Japón, donde era un ídolo. “Al terminar una función, en Tokio, salí de los camerinos para firmar autógrafos, como de costumbre”, relataba con su gracia desbordante. “Entonces me llamó un muchacho japonés, que era bailaor y hablaba español, y me dijo: ‘Maestro, le voy a presentar a usted a un gran cantaor japonés, se llama Chano Lobato”. Resulta que aquel hombre se había aprendido un disco mío de memoria y se había puesto mi nombre. Allí eso es normal”.
Chano era un maestro del ritmo, capaz de meter a compás flamenco cualquier bolero, cuplés y hasta los tangos de su admirado Carlos Gardel. Su gloriosa versión de “Volver” por bulerías la han imitado, con escasa fortuna, muchos artistas. Gracias a este entrañable cantaor gaditano, numerosos jóvenes se engancharon al flamenco durante los años noventa, una década en la que el arte jondo consiguió conectar con nuevos públicos. Y Chano fue uno de los grandes abanderados de ese movimiento, sin perder un ápice de su autenticidad, fiel a su herencia gaditana, mairenera y caracolera. Su talla artística sólo era comparable a su enorme dimensión humana. Era uno de los últimos representantes de una forma de vivir el flamenco que ya ha desaparecido.

ALFREDO GRIMALDOS
(Critico de Flamenco de El Mundo)